Lo que queda después del fuego
A veces me pregunto si alguien más siente esto. Esta cosa rara de estar bien y, al mismo tiempo, notar que algo dentro todavía tiembla. Como si el cuerpo ya hubiera sanado pero el alma siguiera cojeando por costumbre, por miedo, por no saber hacer otra cosa.
Me han dolido cosas que no supe nombrar a tiempo. Amores que llegaron con promesas de para siempre y se fueron sin decir adiós. Noches enteras mirando al techo buscando respuestas en un silencio que nunca las tuvo. Me he roto en pedazos tan pequeños que hubo días en que ni yo mismo me reconocía al mirarme en el espejo.
Y aun así, aquí estoy.
No sé en qué momento dejé de esperar a que alguien viniera a salvarme. Quizá fue la noche en que entendí que las manos que iban a recoger mis pedazos tenían que ser las mías. Que nadie puede encender la luz de una casa en la que no vive. Que el amor propio no es un lujo, es el primer ladrillo de todo lo que quieras construir después.
Será que aprendí a base de golpes. Será que la vida tiene esa manía de enseñarte las lecciones más importantes de la peor manera posible.
Pero aprendí.
Aprendí que las cicatrices no son algo que esconder, sino la prueba de que sobreviviste a todo aquello que un día creíste que te iba a destruir. Aprendí que estar solo no es lo mismo que estar vacío, que a veces la soledad es el lugar más honesto en el que puedes estar contigo mismo. Aprendí que el dolor no te define, pero sí lo que haces con él cuando al fin te levantas del suelo.
Y me levanté. No de golpe, no con fuerza. Me levanté despacio, temblando, con el corazón lleno de grietas y las manos torpes. Pero me levanté.
Hoy no te escribo desde la herida. Te escribo desde lo que queda después del fuego. Desde ese lugar extraño en el que ya no duele tanto pero tampoco has olvidado del todo. Ese sitio en el que aprendes a convivir con tu historia sin dejar que te aplaste, en el que miras atrás y, en lugar de rabia, sientes algo parecido al agradecimiento.
Porque todo eso me trajo aquí. Cada lágrima, cada noche oscura, cada persona que se fue cuando más la necesitaba. Todo fue el camino.
Así que si hoy estás roto, si sientes que no puedes más, si el mundo pesa demasiado y las ganas se escapan entre los dedos, quiero que sepas algo: vas a salir de esta. No porque sea fácil, sino porque ya lo has hecho antes. Porque dentro de ti hay una fuerza que ni tú mismo conoces todavía.
Levántate. Las veces que haga falta.
Que lo que queda después del fuego no son cenizas. Es tierra fértil. Y de ahí, créeme, puede crecer cualquier cosa.
— Por Escribir
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