La piel que no se rinde
Te han dicho que eres frágil. Te han mirado como si fueras de cristal, esperando el momento exacto en que te rompas. Pero no saben que tus grietas no son fallos, son entradas de luz. Eres una guerrera que no necesita armadura de metal porque tu fuerza nace de adentro, de ese lugar donde el miedo aprendió a quedarse quieto. Has caído tantas veces que el suelo ya te reconoce como amiga, pero siempre te levantas. Te levantas con las rodillas raspadas y la dignidad intacta. No peleas con espadas, peleas con la verdad, con la ternura, con esa capacidad tuya de seguir amando en un mundo que a veces parece haber olvidado cómo se hace. Llevas cicatrices que nadie ve. Son mapas de incendios que lograste apagar sola, de inviernos que cruzaste descalza. Mírate las manos. Están hechas para construir, para sostener, para luchar por lo que otros dan por perdido. No pidas perdón por tu fuego. No te disculpes por ser demasiado fuerte o demasiado intensa para quienes solo saben vivir a medias. Tu resistencia es un acto de rebeldía en un mundo que te quería sumisa. Eres el grito de las que vinieron antes y la promesa de las que vendrán. Al final del día, cuando el silencio te abraza, sabes que no has ganado una guerra, has ganado algo mucho más valioso: te has recuperado a ti misma. Eres la sobreviviente de tu propia historia.
— Alejandro Ordóñez
¿Cómo te hizo sentir este texto?
¿Te está gustando este texto?
Únete a +50.000 lectores que reciben textos como este cada semana en su correo.
Si te gustó este texto, también te puede gustar...
Textos relacionados
Desliza para ver más →