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    La raíz que no duerme

    No te pierdas en el ruido de los aplausos. No dejes que las luces nuevas te borren las cicatrices que te trajeron hasta aquí. Mírate las manos. En ellas todavía queda el rastro del polvo, el peso de los inviernos que pasaste a la intemperie, la calidez de aquella casa que ya no habitas pero que te habita a ti. Nunca olvides el hambre de antes, ni el silencio de los que te sostuvieron cuando tus alas eran solo un proyecto de libertad. Vienes de un lugar donde las palabras tenían peso y el esfuerzo olía a sudor y a esperanza. Vienes de los muros desconchados, de los abrazos que curaban el frío, de los fracasos que nadie vio pero que te forjaron el carácter. Si olvidas el origen, tu éxito será solo un cascarón vacío. Si olvidas el suelo, cualquier viento te hará pedazos porque no sabrás dónde anclarte. Camina con orgullo, pero recuerda que bajo tus zapatos caros sigue estando la misma tierra humilde que te enseñó a soñar. Eres el resultado de cada sacrificio que se hizo antes de que tú nacieras. Honra esa herencia. Lleva tu historia como una brújula, no como una carga. Porque al final del día, quien no sabe de dónde viene, termina perdiéndose en el camino de regreso a sí mismo.

    — Alejandro Ordóñez

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