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    Anclas en mitad del incendio

    A veces el mundo se vuelve un lugar demasiado ruidoso para soportarlo a solas. Te pierdes. Te apagas. Te convences de que el frío es tu estado natural y de que nadie vendrá a buscarte a mitad de la tormenta. Pero entonces aparecen ellos. No traen capas ni promesas heroicas. Solo traen su presencia, un café caliente y esa forma tan suya de mirarte que te devuelve el nombre que habías olvidado. Te salvan. Te salvan sin saberlo, con la naturalidad de quien respira. Te salvan cuando te escuchan el silencio. Te salvan cuando no te juzgan las ruinas, sino que se sientan a esperar contigo a que deje de llover. No vienen a arreglarte, porque no eres un objeto roto, sino un incendio que necesita calma. Son personas que funcionan como faros cuando tu brújula decide romperse. Es su voz al otro lado del teléfono. Es su mano rozando la tuya en el momento exacto en que ibas a rendirte. No les debemos la vida, les debemos el valor de volver a querer vivirla. Porque salvar a alguien no es sacarlo del pozo, es encender una cerilla ahí abajo y recordarle que todavía tiene ojos para ver la luz.

    — Alejandro Ordóñez

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