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    Qué ganas de ti

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    Hay noches en las que tu nombre me sabe a urgencia. A necesidad de tenerte aquí, en este sofá, con las piernas enredadas en las mías y tu cabeza buscando ese hueco entre mi cuello y mi hombro que parece hecho a tu medida.

    Qué ganas de ti tengo a veces.

    Y no hablo solo de tu cuerpo, que también, no voy a mentir. Hablo de tu voz contándome cosas que no le cuentas a nadie. De ese silencio cómodo que compartimos cuando ya no hace falta llenar el aire de palabras porque estar es suficiente. De la forma en que me miras por encima de la taza de café como si estuvieras decidiendo algo importante y ese algo fuera yo.

    Me descolocas.

    Llevo años creyendo que el amor era una tormenta. Algo que arrasa, que destruye, que te deja recogiendo escombros mientras intentas recordar cómo eras antes del desastre. Así me enseñaron. Así me fue. Amores que dolían tanto que confundí el sufrimiento con la intensidad, como si querer tuviera que dejar marca para que fuera de verdad.

    Y entonces llegas tú con tu calma.

    Con tu manera de querer que no grita, que no exige, que no castiga. Tú que me preguntas cómo estoy y esperas la respuesta de verdad, no la respuesta automática que damos todos para que nadie se preocupe. Tú que te quedas cuando las cosas se ponen feas, no porque tengas que quedarte sino porque quieres. Porque elegiste estar aquí. Conmigo. Con todo lo que eso implica.

    Y eso me revuelve por dentro de una manera que no esperaba.

    Porque no estoy acostumbrado a que me cuiden. Estoy acostumbrado a cuidar. A dar primero, a dar más, a dar hasta quedarme vacío con tal de que el otro no se fuera. Y tú me estás enseñando que el amor no es vaciarse. Es llenarse. Es que alguien te devuelva con la misma fuerza lo que tú le das. Es mirarse a los ojos y saber que nadie está llevando la cuenta de quién hizo más o quién cedió primero.

    Contigo no hay marcador. Solo hay nosotros.

    A veces me asusto. Me asusto de lo fácil que es quererte. De lo natural que se siente estar a tu lado. De la velocidad a la que te estás convirtiendo en mi lugar favorito. Porque las cosas fáciles siempre me parecieron sospechosas. Yo vengo de amores complicados, de esos que necesitan subtítulos, de relaciones que parecían más un examen que un hogar.

    Pero tú eres hogar.

    Sin condiciones. Sin letras pequeñas. Sin ese miedo constante a decir algo mal y que todo explote. Contigo puedo ser el que soy a las tres de la tarde un martes cualquiera, sin filtros, sin actuaciones, sin versiones mejoradas de mí mismo. Y eso, créeme, es el regalo más grande que me han dado.

    No sé qué hice para merecerte. Probablemente nada. Probablemente el amor no funciona así, no es un premio que te ganas sino algo que aparece cuando por fin dejas de buscarlo en los sitios equivocados.

    Así que aquí estoy. Sin planes, sin guiones, sin red de seguridad. Solo con estas ganas enormes de construir algo contigo que no se parezca a nada de lo anterior.

    Algo que sea solo nuestro.

    — Por Escribir

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