La misma sangre, otra orilla

Te miro de lejos y me reconozco. Tenemos la misma forma de fruncir el ceño cuando el mundo pesa y ese mismo modo de callar cuando el dolor aprieta. Crecimos compartiendo el pan, los miedos y las rodillas raspadas, convencidos de que el tiempo era un patio de juegos infinito. No sabíamos que crecer era ir soltándose las manos. No sabíamos que la vida nos llevaría a orillas distintas. A veces te siento extraño, como un idioma que antes hablaba con fluidez y del que ahora solo recuerdo los acentos. Pero eres tú. Sigues siendo tú. El que me enseñó que la lealtad no se explica, se ejerce. Me duele…