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    La misma sangre, otra orilla

    Te miro de lejos y me reconozco. Tenemos la misma forma de fruncir el ceño cuando el mundo pesa y ese mismo modo de callar cuando el dolor aprieta. Crecimos compartiendo el pan, los miedos y las rodillas raspadas, convencidos de que el tiempo era un patio de juegos infinito. No sabíamos que crecer era ir soltándose las manos. No sabíamos que la vida nos llevaría a orillas distintas. A veces te siento extraño, como un idioma que antes hablaba con fluidez y del que ahora solo recuerdo los acentos. Pero eres tú. Sigues siendo tú. El que me enseñó que la lealtad no se explica, se ejerce. Me duele el abismo que a veces inventamos por orgullo, ese silencio espeso que se instala entre nosotros como un mueble viejo. Sin embargo, si tú caes, el impacto retumba en mis propios huesos. Si tú ríes, una parte de mi infancia vuelve a encenderse. Te quiero en la distancia y en la cercanía, en el acierto y en el error más profundo. Porque al final del día, cuando el ruido del mundo se apaga, eres el único que sabe de dónde vengo sin necesidad de que yo te cuente la historia. Somos dos árboles distintos que se alimentan de la misma raíz, condenados y bendecidos a sentir el mismo viento.

    — Alejandro Ordóñez

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