La arquitectura del humo
Quisiera ser el silencio que te habita cuando apagas las luces. No hablo de una presencia ruidosa, sino de esa calma exacta que se asienta en tus hombros después de un día de guerra. Quisiera ser el refugio, no la tormenta. Quisiera ser la certeza de que, al cerrar los ojos, no estás cayendo al vacío, sino aterrizando en suelo firme. Te miro y me pregunto cuántas capas de ti mismo guardas bajo llave por miedo a que alguien las rompa. Quisiera ser la llave que no fuerza el cerrojo, sino la que conoce el mecanismo del perdón. Quisiera ser el aire que llena tus pulmones cuando sientes que el pecho se te queda pequeño para tanta angustia. Quisiera ser, simplemente, un espacio seguro. Ser el eco de tu risa cuando ya nadie escucha. Ser el rastro de luz que queda en la retina después de mirar al sol. Pero sobre todo, quisiera ser la razón por la que dejas de buscar afuera lo que siempre has llevado dentro. No quiero ser tu destino, ni tu camino, ni tu sombra. Quisiera ser esa paz que te permite ser tú mismo, sin disculpas, sin armaduras, sin el peso insoportable de tener que ser alguien para el resto del mundo. Al final, solo somos lo que dejamos en los demás. Y yo quisiera dejarte un poco de luz para cuando la noche se te haga eterna.
— Alejandro Ordóñez
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