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    Un incendio en la calma

    Te amo. Lo digo así, sin adornos, porque las palabras grandes suelen esconder verdades pequeñas, y lo nuestro no necesita disfraces. Te amo cuando el silencio se vuelve pesado y cuando la risa nos desborda. Te amo en los días en que no me reconozco y tú, con solo mirarme, me devuelves el nombre. No es una promesa de eternidad, porque el tiempo es un animal que no sabemos domar. Es algo más real. Es decidir, cada mañana, que prefiero el caos de tu mundo que la paz de cualquier otro sitio sin ti. Te amo con la vulnerabilidad de quien sabe que tiene el corazón expuesto, listo para ser herido, pero elige confiar. Te amo en los detalles que nadie más nota: en la forma en que tus manos buscan las mías cuando el ruido de afuera es demasiado fuerte. No busco salvarte, ni que me salves. Solo busco que, mientras el mundo siga girando, tú seas el lugar donde mis miedos dejen de gritar. Amarte es haber encontrado, por fin, una verdad que no me asusta pronunciar en voz alta. Eres el latido que le da sentido a tanto silencio acumulado.

    — Alejandro Ordóñez

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