El espacio que no sé llenar
Te vas y te llevas el aire. Me molesta que te vayas, pero me duele más que no me necesites para caminar. Te miro preparar tu salida, elegir la ropa, revisar el reloj, y siento que cada gesto es un ladrillo que levantas entre nosotros. No es odio, es miedo. Es ese miedo punzante a que descubras que la vida es más ligera cuando yo no estoy. Me quedo aquí, midiendo el silencio de las paredes, odiando la libertad que te permites. Me molesta que tengas planes donde no aparezco. Me molesta que tu alegría sea capaz de encenderse con otras luces que no son las mías. Quisiera ser tu único destino, tu única parada, pero sé que eso no es amor, es una cárcel con nombre de cariño. Te veo cruzar la puerta y me quedo a solas con mi propia sombra, esa que no sé habitar si no es a través de tus ojos. Me molesta que seas feliz sin mí porque me obliga a mirar de frente mi propia incapacidad de ser feliz conmigo mismo. Al final, tu ausencia es el espejo donde se refleja mi soledad más desnuda. Qué difícil es entender que amarte también es dejar que seas alguien cuando yo no te miro.
— Alejandro Ordóñez
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