La raíz que viaja en la maleta
Te fuiste. Cerraste la puerta y el sonido de la llave girando no fue un cierre, sino una fractura. Ahora caminas por calles que no conocen tu infancia. Escuchas un idioma que no sabe cómo suena tu nombre cuando alguien te ama. Vivir lejos es esto: ser un extranjero permanente, incluso cuando regresas. Tienes la extraña sensación de que el tiempo allí se detuvo, pero cuando vuelves, las sillas están vacías y los huecos en la mesa te gritan que la vida no te esperó. Has aprendido a compactar tu existencia en veintitrés kilos. Has aprendido que el hogar no es un techo, sino el olor a café que te recuerda a tu madre o esa canción que te devuelve el aire por un segundo. Te sientes culpable por estar lejos. Te sientes culpable por empezar a echar raíces en suelo extraño. Estás suspendido en el aire, en ese puente invisible que une lo que fuiste con lo que estás intentando ser. A veces, el silencio de tu habitación nueva pesa más que toda la distancia física. Pero sigues. Estás construyendo un refugio con piezas sueltas y recuerdos borrosos. Tu casa ya no tiene dirección postal. Tu casa es el latido que te acompaña mientras intentas descifrar quién eres cuando nadie te mira con los ojos de antes. Al final, vivir lejos es descubrir que el mapa más importante es el que llevas tatuado debajo de la piel.
— Alejandro Ordóñez
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