Motivación

Somos ciudades. Crecen a medida que alguien nuevo llega, dejando siempre vacíos los muros de aquellos que se fueron. Es imposible sustituir a nadie. Por eso, cada vez que alguien nos roza dentro, construye su propio hogar en nuestros corazones.

Hay vacíos que nadie llena. Personas que dejaron para siempre su nombre grabado en las paredes de lo que construyeron en nuestras vidas. Fueran pequeñas cabañas o enormes palacios, cada una de las personas que nos rozaron el alma dejaron en nosotros el eco en ruinas de lo mucho que nos llegaron a importar.

Y así, nuestra ciudad se llena de vida, nuestro mundo se contagia de los suyos y creamos pequeños imperios que se cruzan con los pasados que se atisban desde las ventanas. Edificios en ruinas que susurran la importancia que tuvo aquel que allí vivió durante un tiempo, que estuvo pero se fue, y dejó tras de sí el regusto fúnebre de un adiós inesperado.

Pero no importa, no me malinterpretes. Si se fueron, fue por algo. Solamente conservamos en buen estado los vacíos que dejan aquellos que nos robó la vida, que se fueron antes de tiempo y, aunque no estén ya con nosotros, sí que guardaremos por siempre encendido el fuego de sus hogares para calentarnos el alma.

Nos crecen dentro las calles, los barrios, los palacios. Nosotros decidimos quién entra y quién sale. Somos los dueños de nuestro mundo y por eso, por muchas ruinas que acumulemos, siempre habrá suficientes hogueras en nuestros corazones para calentarnos en cualquier invierno.

 

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