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Cada día que la miro y sigue a mi lado me pregunto qué habré hecho bien para merecer a una persona como ella. Quizá sea una sola cosa, quizá cientos. No lo sé. Solo espero seguir haciéndolo para que nunca me falte. Sé que la vida sin ella no brilla tanto, ni yo soy igual de feliz. Por mucho que tenga claro que mi felicidad está en mis manos, hace tiempo que comparto la carga con ella y, por suerte, sé que nunca la dejará caer.

Es lo que tiene amar así. Una vez que sientes que habéis superado todas las piedras que había en el camino, que ya no hay bache alguno demasiado grande para lo vuestro, entonces empiezas a vivir ese amor de una forma diferente. Más calmado, más tranquilo. Quizá no sea algo bueno, por eso nunca hay que perder ese miedo al fracaso que se esconde en lo más hondo. Ese miedo a que un día deje de estar en tu vida.
Aún así, hay que tener claro que no dependes de nadie para ser feliz. Que la soledad es tan buena compañera como cualquiera y que siempre nos tendremos a nosotros mismos. Somos los únicos que siempre estaremos ahí, queramos o no.
Sin embargo, no puedo evitar sentir ese cosquilleo extraño en la boca del estómago cuando me imagino una vida sin ella. Será vértigo al rozar el precipicio de su ausencia. Y creo que no es algo malo. Aleja el conformismo en una relación y te obliga a seguir luchando por un mañana juntos.
Y es que yo no quiero mañana sin su luz. No quiero caminar en la oscuridad que dejaría tras de sí. Ahora que la he vivido, siento que hay más sombras y oscuridad a mi alrededor de lo que yo pensaba. Que solamente ella es capaz de alejar con su presencia y quizá, si un día falta, vuelvan los días grises que antes me acompañaban.
Me pregunto a dónde irá si un día decide irse. No por seguirla. Todos somos libres de tomar las decisiones que hagan falta para encontrar nuestra propia felicidad y, si cree que a mi lado ya no está la suya, seré el primero en ayudarla a encontrar el camino que la aleje de mí.
Por mucho que duela. Sé que nadie se merece la tristeza de un presente que no te llena por seguir anclado a alguien que no es lo que necesitas en tu vida. Es mejor una vida en soledad, que atar en su tristeza a alguien con tal de retener su luz en tu vida.
Aprenderás a iluminar las sombras una vez más, como lo has hecho siempre. Seremos capaces de navegar a oscuras si hace falta, en la noche que nos cubra. Buscando en las tinieblas el faro que nos salve, el camino de vuelta a la felicidad.
Al menos tengo clara una cosa: tenerla en mi vida es un regalo. Uno tan grande que difícilmente nada se le podrá equiparar. Por eso pienso vivirla intensamente, deseando que nunca falte, pero disfrutando cada segundo por si un día decidiera irse.
 
 

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