Desamor

Tenemos que hablar. De ti, de mí, de nosotros. Tenemos que ser capaces, por una vez, de no gritar, de no llorar, de no hacer más daño que el que ya no tiene remedio. No nos merecemos un final de esos que luego siempre pesan en la memoria.

La verdad, en este momento no sé si darte las gracias o si pedirte perdón. No sé si repartir la culpa o volcarla toda en uno de los lados de la balanza. Supongo que es imposible decir adiós por las buenas.

Me culpo a mí y te culpo a ti. Culpo al mundo entero ahora mismo porque esta historia que tenía regusto a infinito se encuentre de frente con un punto final. Quisimos volar alto y nos dejamos el paracaídas en casa, olvidado en el rincón de los desastres sonriendo al vernos despegar.

Qué idiotas fuimos al pensar que con amar sería suficiente y que las ganas podrían con cualquier obstáculo. Qué ingenuo fui al cerrar los ojos y callar, al no revolverme cuando algo me parecía mal. Ojalá hubiese callado menos y hablado mucho más.

Tal vez así no explotaríamos siempre por cualquier tontería y seríamos capaces de no discutir por todo.

Miedo. Eso es lo que tenía. Miedo a decir algo fuera de lugar, a provocar un enfado más cuando la cuenta ya estaba llena, cuando cualquier bronca podía acabar con eso que teníamos y, en el fondo, ninguno de los dos quería perder.

Pero míranos aquí. Hablando del final, aceptándolo por lo que es. Un adiós que creí no llegaría y, la verdad, qué más da ya de quién fueran las culpas o quién tuviera razón.

Nos perdimos por chocar siempre contra el espejo en lugar de mirar y aprender.

Tenemos que hablar, sí, para decir adiós.

 
 
 

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