Desamor

Me duele pensar en ti y darme cuenta de que ya solo somos pasado. Tú, que juraste «para siempres» y prometiste no irte nunca de mi lado. Se suponía que no habría nunca piedra alguna lo suficientemente grande como para hacernos caer de esta manera.

Sin embargo, aquí estamos, tan lejos el uno del otro que ya ni siquiera recuerdo el calor de tus manos rozando el frío de mi piel. Aquellas noches de invierno bajo unas sábanas que ocultaban el desnudo desafío que le lanzábamos a un mundo que nos miraba con envidia. Como queriendo para sí mismo parte de toda aquella felicidad que por aquel entonces compartíamos.

No sé en qué momento te alejaste, solo recuerdo la extraña sensación de ausencia que se alojó en mi alma cuando, con cada media sonrisa tuya, una pequeña daga se clavaba poco a poco en mi corazón. Ojalá hubiese leído en tus labios un por qué, aunque fuera mudo. Quizá así habría sido menos doloroso aquel adiós.

Y todavía dueles. Está todo tan reciente que no puedo evitar pensar en ti como algo que me han arrebatado, un vacío que nada llena pero que, estoy seguro, no estará ahí mucho tiempo. Si has decidido irte, vete. Pero no esperes encontrar abierta mi puerta si un día decides desandar tus pasos. La vida es demasiado corta como para seguir tropezando una y otra vez con la misma persona. Seré feliz una vez más, sin ti, y no dejaré que el frío de tu invierno congele mis ganas de dejarte atrás.

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