Familia

La vida pasa demasiado deprisa y no podemos vivirla mirando al pasado. Tomamos las decisiones que creemos acertadas y tenemos que apostar por ellas, por lejos que nos lleven.

Irse lejos es duro, difícil, echas de menos tantas cosas, tantas personas, que a veces te preguntas si habrás hecho lo correcto, si no habría sido mejor quedarse atrás y esperar a otro momento.

Aún así, vivir lejos no significa haberse ido para siempre. Nunca sabrás lo que es haber estado verdaderamente lejos si nunca has conocido el sabor de un abrazo de reencuentro. El aroma de alguien amado enredado en tu cuello, tratando de contener la alegría y dejando a la risa fluir libre mientras intentas no caer al suelo.

Nunca entenderás el valor de un beso húmedo, salado de las lágrimas que habrán de mezclarse con el chocar de las mejillas, ni comprenderás el verdadero significado de un “te he echado de menos”.

Volver, aunque sea solamente de fin de semana, es regresar a todas esas personas que te quieren, que convierten “casa” en “hogar” y que con su mera presencia te sientes bien, a gusto, feliz.

Y es que, a veces irnos lejos nos da la perspectiva que antes no teníamos, nos abre los ojos ante la evidencia de los que siempre están ahí, los que nunca fallan por mucha distancia que haya de por medio.

Irse lejos no es algo malo, es simplemente seguir viviendo tu vida. Tomar las decisiones necesarias para avanzar y aceptar que aunque tu camino esté lejos de casa, es el camino correcto.

 

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