MotivaciónPensamientos

Supongo que nunca aprendo. Que de tanto dar la mano, la mordió el perro y arrancó con ello el último aliento de esperanza que pudiera quedar en mí. Esperanza que nunca se rindió, que siempre creyó en los demás como vía de escape o apoyo, como ayuda cuando todo se volvía gris.

Quise pensar que los demás harían por mí lo mismo que yo estuve dispuesto a hacer por ellos. Qué menos que devolver lo dado, que ser honrado en el esfuerzo que cualquier amistad supone. Quise creer en todos, menos en mí. Tal vez lo mío no era nunca tan importante como lo suyo. O sí. Y por querer creer que lo mío importaba menos, he llegado a un punto sin retorno en que “yo” pasaré a ser lo primero y, lo siento, pero no habrá nada más allá que eso.

Porque sí, porque me merezco que alguien también me ayude a mí. Y si me olvidé de mí mismo por ayudar a otros, eso se ha terminado. Ahora me toca preocuparme por todo aquello que nunca vieron pero que estaba ahí aunque nadie preguntara.

No soy una broma, un abrazo o una sonrisa en la que refugiarse cuando algo os vaya mal. Puedo serlo, lo he sido siempre en realidad, pero ya no. Ahora, este abrazo es para mí, esta sonrisa es mía y no habrá más broma que un egoísmo que nunca debí dejar que durara tanto tiempo.

Yo primero, el mundo luego.

Y así, tal vez, encuentre en mí mismo a esa persona que me sostenga cuando todo mi mundo se tambalee.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

Publicar comentario